A Ghost Story (2017)

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A Ghost Story abre con una cita de Virginia Woolf que dice así: “A cualquier hora que una se despertara, una puerta se estaba cerrando.” Tan críptico como esclarecedor a destiempo, el concepto que descorchan sus palabras nunca cristalizará, pero si se dibujará lo suficiente como para que nos hagamos a la idea de como de innecesario será formalizar lo inabarcable de lo que nos disponemos a contemplar.

David Lowery revolucionó e incluso trascendió el indie más salvajemente formal precisamente tras haber trabajado en “Peter y el Dragón” (2016), un proyecto de muy mayor envergadura para un gigante como Disney. Lo que resulta fascinante es que esto suceda con una película con unas formas aparentemente tan inhóspitas para el público. Sin embargo, a día de hoy, es posible que algún conocido tuyo al que jamás relacionarías con esta clase de cine te la recomiende (que Netflix la incluyese en su catálogo, desde luego, ayuda) y te dibuje una sonrisa.

Lowery se encuentra ahora mismo (y de nuevo) haciendo ruido con su nueva película “The Green Knight”, que recientemente ha sido anunciada como la película de clausura del festival de Sitges 2021 el próximo día 17 de octubre. Así que nos parecía bonito recordar (que concepto) la película que se quedó con parte de nuestra alma hace ya casi cinco años.

Y es que, que bello es dejarse sorprender por historias como esta. Aquellas que aluden a lo más mundano para hablarnos de conceptos más grandes que la vida. El punto de partida puede parecer manido, pero nada más lejos de la realidad. C (Casey Affleck) acaba de morir en un accidente de coche. Una sábana cubre su espíritu y el portal al más allá se abre ante él. Pero C mira hacia otro lado y vuelve a la casa que compartía con M (Rooney Mara), su amor. C contempla como M intenta seguir con su vida arrastrando el peso de la perdida. Todo se desdibuja ante él y todo aquello que una vez creyó poseer, cobrará un nuevo sentido a partir de la ausencia.

Cuesta muy poco entender por que esta fue una película que se construyó entorno a una canción. Lowery le pidió a su habitual compositor, Daniel Hart, si podía usar “I Get Overwhelmed” una canción que había compuesto para su banda Dark Rooms en su nueva película. Hart aceptó antes de siquiera leerse el guion. Y, al igual que él, uno entiende al ver y escuchar el resultado final, el porqué de una simbiosis tan significativa. A Ghost Story desprende un poder muy cercano al de la música. Es etérea y volátil, pero para ello su composición debe contener un muy buen entendimiento de la formula imposible: la de la emoción. La emoción real, la que se queda a vivir en parte de nosotros por que nos habla en un idioma que conocemos aún que nos hable de aquello que se nos escapa.

Es fácil que una película como esta sea acusada de caprichosa. Por desgracia el vacío es un concepto a veces muy mal entendido en el cine independiente. Desde luego los planos sostenidos hasta límites, a veces, casi sobreimpuestos o la ausencia de acción y sobredosis de silencios pueden asustar a más de uno. Pero tras un pequeño periodo de adaptación, uno se da cuenta de que, como espectador, mimetiza los tempos internos de una película que respira de un modo irónicamente vivido. Los espacios en blanco llaman a un diálogo interno de parte del que mira. El mismo diálogo que Mara trata de evitar tener consigo misma al devorar la famosa tarta. El espaciamiento genera misterio y obvia respuestas. Lowery genera pequeñas explosiones silenciosas que emanan el éter que concentra todo aquello que abraca la idea.

Y es que, tan íntima como se siente, esta es una película que abarca cuestiones existenciales mucho más grandes de lo que su austeridad parece implicar. La inmensidad del tiempo, el ser y aquello que definimos arbitrariamente como identidad terminan personificados en un conflicto de pareja tan determinante (y ordinario) como es la muerte. Todo aquello que se cuestiona, termina despojado de su núcleo. Su razón de ser. La forma en que hemos decidido entender las cosas. Un concepto que Lowery formula de forma tan elocuente como despiadada con el espectador, a partir de un pedazo de papel. Algo tan grande ejemplificado de un modo tan sencillo y abstractamente natural. Y es que al igual que la impasividad del fantasma de C ante la deconstrucción del tiempo (escenificado con elegante maestría por Lowery) o lo obvia que resulta la inversión del poltergeist clásico cuando estamos al otro lado, existe una espontaneidad tan aparentemente imposible en A Ghost Story que escapa a la propia definición de la palabra.

Tal vez esta no sea una película que debamos tratar de definir. Pero desde luego es una por la que vale la pena dejarse cuestionar. Un viaje sin tiempo.

A recordar: su capacidad para escurrirse entre las formas y modas para definirse como un ente propio.

A olvidar: a quien estábamos esperando.

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