Dune (parte I)

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No se recuerda en los últimos años un proyecto de una ambición semejante a la de Dune. Irónicamente, el espectro a abarcar podría ir de la mano del combo Infinity War + Endgame, culmen de la saga cinematográfica Vengadores. Y, aun así, no serían comparables. Pues el objetivo de ambas adaptaciones juega en direcciones distintas que nada tienen que ver con lo mal interpretadas que han sido las palabras de su director, Denis Villeneuve, en los últimos días.

La novela original de Frank Herbert, que terminaría derivando en una saga de más de veinte tomos todavía en activo, de los cuales tan solo seis terminarían perteneciendo al propio autor; se construye en base a ideas de escala faraónica. Una narrativa cargada de épica y solemnidad que hacen que su incontenible imaginario exceda el concepto de lo grande y pequeño.

 El equilibrio de la civilización interplanetaria depende de la especia, un poderoso agente neurológico convertido en la materia prima más valiosa de la galaxia. La casa Atreides, liderada por el duque Leto (Oscar Isaac) es puesta a cargo del dominio de Arrakis, también conocido como Dune, el planeta del cual proviene la especia y el cual ha estado liderado hasta el momento por sus eternos enemigos, la casa Harkonnen. El hijo del duque y su dama Jessica (Rebecca Ferguson), Paul Atreides (Thimotée Chalamet), está llamado no solo a heredar el trono sino a un destino mayor a cualquier connotación política. En sus sueños los Fremen, una civilización arraigada al desierto de Arrakis, guiarán este destino que atormenta al joven heredero.

Adaptar, de cualquier forma, el texto original se plantea inabarcable. Hay un universo tan rico como denso en él que requiere de pasado presente y futuro para aportar un volumen redondo a sus ideas. Si rebuscamos en nuestra memori, y sin caer en comparativas superficiales, las dimensiones de esta (segunda) adaptación de Dune nos recuerda al trabajo, también titánico, que hizo Peter Jackson a la hora de adaptar “El Señor de los Anillos” de Tolkien.

La sombra de David Lynch es alargada, pues pese a haber sido continuamente defenestrada su adaptación desde su estreno en 1984, esta ha adquirido con el paso de los años el estatus de culto. Y motivos no le faltan, pues reúne todos los condicionantes para convertirse en una de aquellas películas que exceden lo cinematográfico en lo mejor y lo peor. Sin embargo, son muchos años los que los fans llevan soñando con una adaptación fiel del trabajo de Herbert. Una adaptación que carga con la losa de su propia imposibilidad desde antes de iniciarse su proceso creativo. Pero, desde luego, el nombre de Villeneuve fue, desde el principio, un buen conductor de la confianza.

El director canadiense lleva años aportándonos una visión única de la ciencia ficción. Antes de enrolarse en un proyecto tan ambicioso como suicida como era la secuela del clásico atemporal de Ridley Scott, “La Llegada” (2016) se convertía en una de las piedras angulares de la sci-fi moderna. Pese a ello, parecía que “Blade Runner 2049” (2017) nos ofrecería una idea más clara de como Villeneuve se planteaba adaptar la primera novela de la saga Dune.

Y, una vez vivido (no visto) el resultado final, nos encontramos con que, no solo “Blade Runner 2049” sigue presente en Dune, sino también gran parte de la filmografía del director. Y es que su presencia y personalidad siguen impregnadas en una obra despojada de su condición de producto. Villeneuve sigue usando el entorno de sus protagonistas para construir con precisión relojera las identidades de los mismos. Algo que ya vimos especialmente claro en la aterradora “Prisioneros” (2013), de la cual también adopta su capacidad para inquietar a través de su mundo interior.

Pues incluso las descomunales secuencias de acción, rodadas de forma cuasi analítica y desde un realismo atronador en sus texturas, se encargan de la construcción (y deconstrucción) de la psique de un abanico de personajes tan amplio como exuberante. La épica shakespeariana cargada en las tintas de sus relaciones sirve como vehículo para que dichos personajes expresen desde la frialdad necesaria para un relato como este. Relaciones que en la novela de Herbert se fraguaban en la voz interior en vez de en el dialogo. Un recurso terriblemente peligroso de transcribir a lo cinematográfico y que Villeneuve ha sido capaz de traducir a partir de un bagaje tan personal como identificativo. Lo árido de su estilo visual, a cargo de un soberbio Greig Fraser, colma de hiriente grano el naturalismo del desierto y sus construcciones rocosas. Mimetizando así el ardor interno de una sociedad condenada a luchar en silencio.

Dicha frialdad no resulta un problema para un elenco cargado de estrellas por mérito propio. Encabezado por un Thimotée Chalamet que hace suyo un Paul Atreides conceptualizado a la perfección desde el mero casting. Chalamet no solo aporta un semblante estoico, sino también una fragilidad perfectamente balanceada a partir de la contención y una deriva juvenil más sutil que cargante.  Más allá de este, todo el casting está en estado de gracia y sus intérpretes han sido capaces de matizar a unos personajes cuya emoción está condenada al silencio. Especial prueba de ello es una Rebecca Ferguson que comparte con Chalamet este carácter quebradizo y una relación con el mismo que le otorga un valor incalculable a su lady Jessica.

En cuanto al castaing, solo podríamos reprochar lo escaso de las apariciones de ciertos personajes. Incluso de un Oscar Isaac que, pese a gozar de una generosa cuota de pantalla, termina viendo menos dibujado de lo deseado su duque Leto. Relegándolo, en cierta forma, más al recurso que a la pieza clave en el relato. Y es que repetimos que la grandeza de Dune es, a su vez, un oxímoron en sí misma. Pues su riqueza es a su vez la que, en cánones de exhibición habituales, se impide ser transcrita. Al fin y al cabo, para poder respetar los timings y ritmos internos del relato deberíamos estar hablando de una primera parte de, como mínimo, unas cinco horas. Las mismas a las que se planteó reducir la versión de Lynch antes de su desmembramiento, que abarcaba la novela completa.

Por tanto, por su propia condición de relato incontenible, la primera parte de Dune exige que debamos conformarnos con apenas cinco minutos de un Javier Bardem que personaliza al mejor Stilgar que pudiésemos imaginar -por suerte el desarrollo real de su personaje se centra en la segunda mitad de la novela, al igual que el de Chani, el personaje de Zendaya que dejará a laos fans con ganas de mucho, mucho más- o de secuencias algo más impermeables de lo que deberían. Por suerte, Villeneuve es capaz de sintetizar lo suficientemente bien como para que su visión, más propia de lo que se pueda decir por ahí, no se relegue simplemente al complemento.

Y es que jamás se planteó así. Dune tiene la ambición suficiente para convertirse en una de las catedrales de la ciencia ficción de nuestra era. Su santificación dependerá de su (aún) hipotética segunda parte y de como ambas sean tratadas con el paso de los años. Sus artífices, desde luego, han acatado el carácter bíblico del material creando a partir de él una rara avis en un mundo de blockbusters temerosos de no complacer al espectador más costumbrista. Villeneuve ha sido capaz de entender suficientemente bien esta contrariedad como para que en la escala no se pierda su visión. Pues hay muchísimo autor en la espectacularidad de Dune y a su vez un espectáculo visual- y sonoro, pues no solo la estridente banda sonora de Hans Zimmer destaca en lo auditivo, sino también un diseño de sonido cuyos silencios texturizados cortan el hipo- de primerísimo orden.

Dennis Villeneuve parece haber estar a punto de revolucionar no solo un universo narrativo, sino una industria en su momento más convulso. Si esta primera parte de la adaptación se convierte en un éxito y gracias a ello su cierre se convierte en una realidad, no solo resultará complaciente para aquellos que rogamos por un segundo capítulo a la altura, sino también para los que confían en la capacidad del espectador para disfrutar de las grandes historias contadas con personalidad.

A recordar: la sensación de menudencia que uno siente al abandonar la sala.

A olvidar: el año extra de espera que hemos tenido que afrontar debido a la situación mundial.

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