Jinetes de la Justicia

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Es agradable sentarse en una sala de cine con la sensación de que lo que vas a ver es muy probable que te sorprenda, pero a su vez apoyado por la confianza de un estilo. Algo parecido a lo que sucede con el thriller coreano es lo que empieza a suscitar el cine de los países nórdicos. Una base de intensidad silenciosa sobre la que se pueden sustentar conceptos de entidad tan variopinta como la que se construye en “Jinetes de la Justicia”.

Y es que, de buenas a primeras, lo mas interesante y a la vez el arma de doble filo de la nueva película de Anders Thomas Jensen (“De Pollos y Hombres”, 2015) es la incertidumbre que crea en el espectador, especialmente en su tramo inicial. En este se plantan las semillas de la locura, que germinarán orgánicamente a lo largo del metraje, pero desarrollando tubérculos no menos extraños y desconcertantes.

De hecho, el punto de partida de la película es complicado de presentar ya de por sí. La repentina muerte de su esposa en un accidente de tren hará que Markus (Mads Mikkelsen), un militar destinado a oriente medio, deba volver a casa con su hija adolescente, superviviente del mismo. Sin saber muy bien cómo, Markus acabará investigando junto a Otto, experto en matemáticas y estadística, y sus dos excéntricos colegas, las probabilidades de que la tragedia no fuese fruto del azar.

Lo brillante de “Jinetes de la justicia” es que, pese a lo fácil que sería catalogarla adjudicándole subgéneros a diestro y siniestro, difumina y rehúye las fronteras y convencionalidades de cada uno de estos. ¿Una comedia de enredos? Si, pero en este caso lo difícil de desenmarañar es el drama. ¿Un thriller de tintes negros? Desde luego, está todo ahí. Pero no esperes encontrarlo todo tal y como lo recordabas. Pues todo en este amasijo de hostias físicas y psicológicas tiene sentido, pero se digiere de forma distinta.

Por desgracia, la anticipación de muchas de estas situaciones extravagantes a veces hace peligrar una verosimilitud que el guion tiene en cuenta, pero decide hacerla rehén en pro del impacto y/o el gag (pues muchas veces ambos van de la mano). Este es un juego adaptativo, y es posible que muchos rechazan jugar con sus reglas de buen principio, sacrificando así pues una emocionante partida.

Nada de todo esto tendría sentido sin el alma de la película, que se divide a partes iguales entre su cuarteto protagonista. Mads Mikkelsen -que tiene nuestro corazón desde hace tiempo, pero a principios de año nos volvió a enamorar con la maravillosa “Otra Ronda” del también danés Thomas Vinterberg– en este caso hace uso de coraza y se presenta como una especie de antihéroe de acción. Un castigador emocional cuya relación con la violencia le hace vulnerable. A su vera se encuentran tres personajes maravillosamente llevados a la pantalla. Otto, el alma de la historia. Encargado de narrar el conflicto emocional desde el punto de vista mas afable y a la vez triste. La interpretación de Nikolaj Lie Kaas, sumada a la química que genera con Andrea Heick Gadeberg es uno de los puntos clave de la película. El cuarteto lo completan Nicolas Bro y Lars Brygmann como Emmenthaler y Lennart. La pareja cómica retroalimentada por la disfuncionalidad mas salvaje y a su vez extrañamente empática.

Estamos ante una película repleta de aristas y recovecos. Estos nacen de la misma psique de sus protagonistas, que a su vez justifica el concepto con el que Jensen ha querido jugar, aceptando la existencia del riesgo. Una película cuyo discurso lucha tan concienzudamente en contra de la existencia del circulo perfecto debe abrazar su posicionamiento sin importar las consecuencias. Y, desde luego, Jinetes de la Justicia, se arriesga y consigue erguirse ganadora con su única carta todavía en su mano.

A Recordar: el retrato psicológico de un grupo tan disfuncional como aterradoramente empático.

A olvidar: a veces las costuras relucen un poco mas de lo que a uno le gustaría.

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