Let’s Scare Jessica to Death (1971) según Mike Hostench

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Nota de la redacción:

El pasado 25/09/2021 recibimos un regalo sumamente especial en una fecha que, como mas abajo descubriréis, lo era también. Mike Hostench, el mejor subdirector con el que el festival de Sitges -y aquellos que vivimos por y para dicho festival- pudimos soñar jamás nos obsequió con este texto tan personal y ,por ende, fascinante. No podemos estar mas agradecidos y a la vez mas emocionados de compartirlo con todos vosotros, pues Mike representa para nosotros, no solo una notoria personalidad, sino por encima de todo ello un gran amigo.


ASUSTEMOS A CARLOS Y TITUS HASTA LA MUERTE…

Mi modesto homenaje a mi película de terror favorita.

El día que escribo estas líneas se cumple el 9º aniversario desde que los dos factótums de la web en la que ahora mismo te encuentras decidieron compartir sus vidas. Pensando en ellos y lo importante que es una fecha así, caigo en la cuenta que hace exactamente 40 años se estrenó mi película favorita de terror de todos los tiempos: Let’s Scare Jessica To Death.

Aquellos que como Carlos y Titus, comemos, bebemos, fumamos y respiramos cine de terror, nos hemos visto compelidos durante nuestra vida a una pregunta recurrente: ¿Qué tiene el cine de terror que lo hace tan atractivo para el público? Aunque, la formulación de esta última suele ser generalmente menos sofisticada; más como “¿Qué les ves tú a las películas de miedo?”

Estrenada en Televisión Española con desaborío título de “La Maldición de los Bishop”, el film de John D. Hancock posee todas las virtudes que verbalizamos los adictos a las horror movies cuando tratamos de explicar nuestra máxima pasión: atmósfera inquietante que presagia los luctuosos hechos que han de venir; ecos de un pasado siniestro acechando en el presente; una desdibujada línea entre la locura y lo sobrenatural; la adrenalina que producen las manifestaciones del terror procedente del más allá… y un título que nos cautiva. Y es que Let’s Scare Jessica To Death, posee además uno de los mejores títulos de la historia de las películas del fantaterror; explotativo y genuinamente ominoso a partes iguales, perfecto para un bello ejercicio de estilo que habla precisamente sobre el miedo y sus consecuencias en nuestra psique. Bendito sea dicho miedo; qué haríamos sin él aquellos que hemos hecho de su manifestación nuestra existencia.

Ya desde la secuencia de créditos, el espectador sabe que se halla ante un ejemplo paradigmático de American Gothic: un coche fúnebre viaja por el misterioso paisaje otoñal de la Connecticut rural mientras suena la hechizante música de Orville Stoeber, partitura tremendamente única y original que combina piano clásico y primitivos sintetizadores. El vehículo es en realidad el transporte de mudanzas que Jessica y Duncan (su marido) han alquilado por su capacidad de carga. La primera vez que vemos a Jessica (una Zohra Lambert que parece el doppelganger de Barbara Steele – esos ojos…) es una joven alegre, casi eufórica podríamos decir, pidiendo a gritos a su esposo que detenga el coche de muertos y la deje entrar en un pequeño cementerio a calcar la inscripción de una vieja lápida, afición que cultivó mientras estuvo ingresada en una institución mental tras un episodio psicótico. Esa introducción nos devuelve al mejor fantástico de la época dorada del terror americano de los años 70, que se iniciaría en 1968 con “La semilla del Diablo” y su plano aéreo inicial sobre la Dakota House, acompañado de la inolvidable nana de Krzysztof Komeda, y que Billy Friedkin elevaría en activos terroríficos en “El Exorcista”, con sus atmosféricos y escalofriantes planos en movimiento de Georgetown durante la semana de Halloween de 1972. La etapa del terror conocida como American Gothic nos traería tanto terrores de grandes estudios como celebradísimas gemas independientes; entre muchas otras destacan “Messiah of Evil” (Willard Huyck, Gloria Katz, 1973), “Brotherhood of Satan” (Bernard McEvetee, 1971), “Carrera con el Diablo” (Jack Starrett, 1975), “La Lluvia del Diablo” (Robert Fuest, 1975), la extraordinaria “Lemora” (Richard Blackburn, 1973), o la maravillosa “Blacula” (William Crain, 1972), el horror gótico-urbano americano por excelencia.

La historia relatada en Let’s Scare Jessica To Death comienza cuando Jessica y Duncan (Bartin Heyman, el médico de Regan MacNeil en “El exorcista”), intentan rehacer su vida en un pueblo remoto de Nueva Inglaterra, a la vez que ella se recupera de sus trastornos. Su nuevo hogar es una aislada casona en la que Jessica comenzará a tener encuentros que podrían tener un origen sobrenatural. Ello, unido a su propia condición mental, hará que recaiga en una espiral de locura, la cual parece tener como epicentro disparador una joven muchacha que habita en su propia casa y tiene bajo su influjo maléfico a todos los habitantes de la comarca.  

Rodada en el interior de Connecticut, Let’s Scare Jessica To Death, es producto de la visión de John D. Hancock y su productor William Baladato. Asociado posteriormente a producciones de Hollywood como “Tiburón 2”, “Top Gun”, “Broken Arrow” y “Alien Ressurection”, Baladato todavía recuerda Let’s Scare Jessica To Death (su primer film con crédito de productor) como el fruto de la visión del director. Hancock, con quien William Baladato volvería a colaborar casi inmediatamente en “Muerte de un jugador” (excelente drama ambientado en el mundo del beisbol, protagonizado por Michael Moriarty y Rober DeNiro), tuvo siempre en la cabeza cada plano de Let’s Scare Jessica To Death. No es por tanto exagerado afirmar que esta película es una obra de amor. La ambición artística de su director fue precisamente la de hacer un film de terror con resonancias poéticas que se remontarían hasta Sheridan Le Fanu. Y es que esta combinación de horror gótico, con la irrupción de la enfermedad mental como elemento generador de los terrores más primigenios, son la clave para comprender la fascinación que este film produce en talentos tan distinguidos como Stephen King, o el excelso crítico y ensayista británico especializado en terror, Kim Newman.

Inolvidables son las escenas de la mujer-espectro saliendo del agua; o cuando ésta aparece por primera en el cementerio a plena luz del día, con resonancias estéticas de “La Noche de los Muertos Vivientes”. Icónicas son también la sesión de espiritismo, Jessica musitando sola en la cocina una cancioncilla espeluznante, y la ya citada secuencia embrujante de créditos. Mi favorita: la escena que Sean S. Cunningham homenajeó en la primera aventura de Jason Vorhees. En el lago, sobre una barca, una Jessica alucinada nos recita en cautivantes susurros: “Aquí sentada, no puedo creer que todo aquello ocurriera. Y así y todo, debo creerlo. Dueño o pesadilla. Demencia o cordura. Ya no sé qué es qué”.

Carlos, Titus: haceros otro regalo de aniversario e introduciros de nuevo en el mundo de Jessica, una joya del cine independiente americano en la que fantasmas, vampiros emocionales, y locura os espantarán … hasta la muerte.

 

Mike Hostench

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