Midsommar

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Han tenido que pasar unos días hasta que he podido ordenar mis pensamientos y sentarme a escribir, con un mínimo de coherencia, sobre Midsommar, la nueva locura de Ari Aster, que ya nos dejó tocados con su opera prima Hereditary.

Y es que, desde luego, Aster no es un director fácil. Y eso juega a su favor y en su contra, evidentemente. Sus trabajos, como demuestra esta segunda entrega sobre lo que podría, y puede ser, una futura trilogía sobre el duelo, juegan a noquear al espectador y crear un estado mental que nos asegura que, cuando salgamos de la sala, no nos habremos quedado ni mucho menos indiferentes.

En este caso, Midsommar, es un trabajo algo más clásico en estilo, pero que contiene casi todo lo que nos mostró anteriormente. Y es que, en cuanto a estructura, la película no deja de ser una actualización de La Matanza De Texas (Tobe Hooper, 1974), en que se juega el clásico argumento: grupo de jóvenes llegan a un paraje idílico en que todo huele a fiesta y diversión, sin saber que están metidos en una película de terror y aquello no va a acabar así. Pese a esto, y desde el inicio, la película utiliza mecanismos muy propios para trazar esta línea entre los puntos “A” y “B”, en que si se juega a la previsibilidad. Empezando por un prólogo que puede distraer, y hasta engañar si lo preferís, a un espectador que puede llegar a creer que está ante una película de un estilo más similar a lo que era Hereditary. Sin embargo, y para cuando el titulo aparece en pantalla, nos damos cuenta de que estamos realmente ante una construcción distinta, no solo en lo visual sino también en lo narrativo. Y que aquello, pese a mantenerse firme en el estilo previamente conocido de Aster, va a moverse por unos derroteros más clásicos.

Y es que, pese a todo, la película no para de generar un enrarecimiento continuo del ambiente contenido en estos cánones más obvios, que, junto a la duración de la cinta, generarán también enfado en muchos espectadores menos asiduos al género y más concretamente a este estilo lisérgico y denso. La película es larga, y no os voy a engañar, lenta. Va a pedir un esfuerzo por parte del patio de butacas para ser disfrutada. Además, su carácter lúdico, pero a su vez camuflado en un tono más macabro y desagradable, genera un conflicto de sensaciones que puede, y quiere hacerlo, llegar a hacer sentir mal con más de uno. A la salida de todos los pases habrá más de un desertor. Y estoy seguro que, en gran parte, esa fue desde el principio la idea de Aster.

Por si esto no fuera poco, esta es de nuevo una de esas cintas que hay que ver más de una vez para terminar de hilar en su totalidad. Es detallista y se presenta parcialmente deconstruida. Así que, desde luego, uno no se podrá quejar de que, a lo largo de esas dos horas y media, no ha tenido nada que hacer.

No me gustaría cerrar este texto sin destacar, de nuevo, la interpretación principal femenina. Y es que al igual que ya hizo en Hereditary, Aster ha creado un papel protagonista capaz de contener altos niveles de histeria sin que estos chirríen. Así pues, Florence Pugh, ha podido dar rienda suelta a su capacidad interpretativa más desatada, personificando el duelo y la ansiedad en los que tan interesado parece estar el director. Tanto es así que el resto del elenco quedan ensombrecidos hasta el punto de verse algo desmerecidas sus interpretaciones, regidas también por papees bastante más simples.

Si tuviese que elegir, con la mano en el pecho elegiría Hereditary. Y es que, pese a no ser, para nada, un trabajo accesible, sí que facilitaba más la conexión directa ya no solo con sus personajes sino con el estilo. Midsommar es un trabajo, tal vez mas conceptual, que pide un proceso de digestión más cauteloso. Y pese a haberme sentado algo pesada, si debo reconocer que su objetivo lo ha cumplido con creces.

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