Possessor

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La saga familiar, y como si de un desdoblamiento de personalidad gestionado por la opinión pública se tratase, puede jugar a veces a favor y otras en contra. En el caso de Brandong Cronenberg, hijo de uno de los más importantes e influyentes directores de género de la pasada generación, la cosa no parece estar muy clara. Se compara absurdamente su (corta) obra con la de su padre, David Cronenberg, o simplemente se da por sentada la falta de personalidad por compartir, y obviamente acuñar, ciertos dejes estilísticos y temáticos pertenecientes al cine del progenitor.

Antiviral, su opera prima, era más obvia en cuanto a esta prolongación de estilo padre-hijo. Pese a ello ya asomaban cabeza ciertos intereses propios y un carácter que más que clonar, somatizaba los conceptos cárnicos que hicieron grande a su padre. La temática medicinal y quirúrgica era más directa y centralizaba todo lo que la película quería contar. Y, pese a todo, la película fue un éxito de crítica. De hecho, se alzó con dos galardones en el festival de Sitges de su año 2012: mejor película, otorgado por el jurado joven, y el premio Citzen kane al mejor director novel entregado por el jurado de la crítica.

Ocho años más tarde, el circulo está completo. Su nuevo trabajo, Possessor, se alza con el galardón a mejor película de la sección oficial a competición del festival de Sitges. Acción-reacción terminan consolidando la figura de Brandon Cronenberg como una de las voces (propias) más interesantes del panorama actual.

Y es que la película habla por sí sola. Ciencia ficción de carácter quirúrgico y a la vez etéreo. Un thriller narrado desde el interior de la psique de sus protagonistas, que mediante una tecnología cuyo funcionamiento ejerce de escaleta del conflicto interno, podrán introducirse en cuerpos de terceros para cometer sórdidos (muy sórdidos) asesinatos para dejar atrás, literalmente, el cuerpo del delito.

Temáticamente está claro que hay un reflejo obvio del cine del cronenberg de los ochenta. Ecos de películas como “La Mosca”, y sobretodo “Dead Ringers” son más que obvios. Pero lejos de focalizar el concepto en un body horror más obvio, estiliza el horror corpóreo a través de un conflicto psicológico que termina por fusionar ambos costados optando por una vertiente más alucinógena y alegórica. Possessor contiene momentos dignos de la filmografía de Panos Cosmatos, y de hecho comparte con “Mandy” a una brillante Andrea Riseborough, que parece sentirse muy cómoda en el terror existencialista y lisérgico. Pues llena la pantalla con una mirada que atrae al horror como si de un cebo se tratase.

Possessor no es en absoluto una película convencional. Es difícil medirla por niveles. La amalgama de elementos gaseosos que la conforman contrastan con lo hermético de su trama central de espionaje que bien podría pertenecer a un guion de Christopher Nolan. Y es que Brandon Cronenberg nos ha mostrado que es también un cineasta de ideas, y que el concepto le sirve más como núcleo de sus cavilaciones que de mero punto de partida. Siendo este el aspecto que convierte su cine en realmente interesante, también es su arista más urgente de pulir. En el caso de “Possessor”, y en lo que precisamente al guion se refiere, se echa en falta que, pese a ser su carácter críptico parte de su encanto, los conflictos internos de la protagonista queden más claros. Ya que, más allá de desvelar más o menos el misterio, el poso y la sensación de peligro por asimilación tendrían un mayor peso y la harían todavía más funcional y redonda. La duda en este caso enturbia la pureza del sentimiento que Cronenberg parece querer generar, y termina dejando algo disperso el discurso.

Aun así, y más allá de la búsqueda de una perfección más purista, “Possessor” funciona como un tiro. Es inquietante, violenta por momentos aterradora, sugerente y muy, muy plástica. Incluso cuando echa mano de algún convencionalismo de estilo a la hora ponerse más mental consigue remover. Y si eso no puede contigo, lo harán sus momentos de intensa celebración de lo salvaje y lo grimoso. ¡Larga vida a la nueva, nueva carne!

A recordar: lo extremo y sorprendente de la mezcla de estilos visuales, conceptuales y de género.

A olvidar: el pasado de Andrea Riseborough, ya que al parecer ella también lo ha hecho.

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