Review de El Contador de Cartas, de Paul Schrader

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Seguramente cualquier locura que hayas oído de su vida privada tenga una base cierta. Paul Schrader ha vivido siempre en el alambre, en la cuerda floja de la cordura. Sin embargo, su filosofía interna alberga tonalidades artísticas tan consistentes como complejas. Tonalidades extremas que se anticipan a la construcción clásica de sus libretos. Enfrentarse a cualquier cosa que lleve su sello exige compromiso absoluto, y pretender salir mínimamente entero después de recorrer sus suburbios mentales oscuros de carreteras con peaje no es una opción. Su mente torturada y su deriva autodestructiva contaminan casi cualquier mirada externa que ose adentrarse en ese ecosistema decadente y viciado.

El eterno tormento...

Su cine es como un espejo. El mismo en el que se reflejaba Travis Bicke en “Taxi Driver” (Martin Scorsese, 1976); un espejo ligeramente torcido en el que se redescubren toda clase de humanos o casi humanos. O el reflejo gastado de lo que fueron; a veces siluetas solitarias, marginados, enfermos, drogadictos, alcohólicos, perdedores sin esperanza, tipos torturados como él.

 

En El Contador de Cartas es Oscar Isaac quien se atreve a encarnar con ignominiosa entereza a William Tell, un exmilitar que ahoga sus pensamientos jugando al póker. Su liturgia de casino mitiga sus demonios, no tiene más sentido su existencia que el que otorga el azar de las cartas, mientras recorre con discreción el país esperando que algo suceda. Y sucede.

Y ocurre, como ocurría ya en libretos anteriores de Schrader. La película encierra una violencia intrínseca al relato. Una violencia contenida inherente también a su protagonista, siempre apunto de precipitarse, a un paso de liberarse en un sentido catártico, la única salida posible que pudiese albergar cierto alivio redentor.

... del infierno del hombre.

Al atormentado Oscar Isaac le acompaña el joven y esforzado Tye Sheridan. También el camaleónico Willem Dafoe. Aquí su porte es, si cabe, más gastado del habitual. Gafas de sol y un bigote a todas luces excesivo, exagerado, llevando a su personaje al terreno del desquicio. Un terreno que conoce y sabe habitar como pocos. Con él, el peso del pasado cobra rostro y verdadera dimensión física -también alegórica- teñida de colores bélicos, los mismos de la moqueta de uno de esos pasillos de casino por los que recurrentemente Schrader obliga a recorrer a su condenado protagonista, una y otra vez. No hay escapatoria posible para él.

 

Y es admirable la inquebrantable y dolorosa moral de Schrader. Estés o no de acuerdo con su deriva, su altura dramática desarma a cualquiera. Nos habla de las decisiones que tomamos y sus consecuencias; de Estados Unidos y la violencia, del lenguaje de la sangre y la venganza, de la justicia si es que tal cosa cabe en el bosque de los lobos solitarios.

Desalentadora hasta decir basta a la par que encomiable el compromiso que adquiere desde un punto de vista moral, también como narrador y director, resolviendo la historia con un fuera de campo ontológicamente ejemplar, que firmaría el mismísimo Scorsese

La película no podría terminar de otra manera, o tal vez sí, pero ni me atrevo a pensarlo.

A recordar: Su profundo sentido ético y moral con el horror y sus consecuencias. Schrader conoce el infierno, ha estado allí.

A olvidar: Que su narrativa, tan cerrada en sí misma y comprometida condicione su desenlace en una dirección tan inevitable como predecible para el espectador.

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