#Sitges2021 – Lamb

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Por fin llega a nuestras pantallas una de las películas más habladas del año. Revolucionó la sección Un Certain Regard del festival de Cannes, se llevó el premio a la mejor película del festival de Sitges 2021 y desde que su primer trailer vio la luz no ha parado de crear revuelo en la red.

No es de extrañar. Su premisa la convierte en comidilla sin necesidad de haberla visto. Sin embargo, si habéis llegado hasta aquí sin saber nada de ella os recomendamos encarecidamente que sigáis así. El primer acto de la película basa gran parte de su encanto en el misterio que gira entorno a su punto de partida, que es desvelado en sus materiales publicitarios. Lo podemos entender, sin ello no hay sinopsis, aún que nosotros vamos a intentar contaros un poco de que va todo eso sin tocar más botones de los debidos.  De todos modos, que a nadie se le ocurra pensar que la película depende exclusivamente de ese factor sorpresa, pues hay vida muchísimo más allá de ello. La dimensión de Lamb está muy por encima de su esqueleto de papel.

María (Noomi Rapace) e Ingvar (Hilmir Snær) viven aislados con su rebaño de corderos en una isla de Islandia. Sobre su pasado recae un peso del que no son capaces de superar por si mismos. Pero un sorprendente descubrimiento en la cuadra de los corderos pondrá su mundo patas arriba en todos los sentidos posibles. Hasta aquí podemos leer y así de ambiguos debemos ser.

Precisamente es en la ambigüedad en la que Lamb encuentra gran parte de su razón de ser. No buscar darle respuestas a aquello que no las tiene. No querer racionalizar lo irracional y mantenerse orgánica incluso cuando su narrativa fuerza el punto de vista. Su director Valdimar Jóhannsson pone toda la carne en el asador a la hora de presentar y hacer crecer una propuesta que siempre rema en una misma dirección incluso cuando quiere jugar al despiste. El espectador siempre tendrá distintos caminos abiertos rondándole la cabeza aún que la película no parezca dirigirse en ese rumbo (o sí). ¿Es lo que estamos pensando una locura? Probablemente. ¿Tiene cabida en el universo de la película? Efectivamente.

La apabullante propuesta visual de la película, muy en la onda estética y conceptual del nuevo cine nórdico, juega con el realismo mágico de un modo que posiciona a Jóhannsson y a su director de fotografía Eli Arenson en primera línea pese a ser esta la ópera prima del director. Sin embargo, este se encuentra lejos de ser novato en esto de los rodajes, pues ha participado en títulos tan reconocidos como “La Guerra del Mañana” (Chris McKay, 2021), “Rogue One: Una historia de Star Wars” (Gareth Edwards, 2016) o “La Vida Secreta de Walter Mitty” (Ben Stiller, 2013) en diversos puestos y departamentos entre los que se encuentran el de efectos especiales, el de arte u operador de cámara.

La sensibilidad con la que el islandés desarrolla y presenta cada nuevo elemento en la historia se mueve entre lo irónicamente cruel y lo enternecedoramente natural. El elemento fantástico se guía a través de lo emocional y la lógica queda fuera de la ecuación sin que a uno le cueste aferrarse a la evolución de sus personajes. A fin de cuentas, Lamb apela a sentimientos tan arraigados a la condición humana que uno no necesita de un precedente para poder empaparse de ellos.

El descenso a la locura de una Noomi Rapace tan visceral como abrasadoramente contenida se siente natural en todo momento, incluso cuando el devenir de los acontecimientos apunta hacia el más oscuro de los abismos. A fin de cuentas, lo que la película presenta es una oscura fábula que, como buena historia popular, basa su existencia en el concepto por encima de la construcción.

A fin de cuentas, Lamb juega en terreno conocido por la productora A24, que suele contar con esta clase de propuestas estéticas entre sus filas. Aún así, Jóhannsson no cae en la repetición y construye un estilo propio que funciona como una misma entidad incluso cuando la película decide romper con los cánones que aparenta tener entre manos. Lamb no se cierra nunca puertas y no agacha la cabeza ante un salto al vacío. Lo cual es lógico si tenemos en cuenta que su propuesta es, de por sí, un salto de fe. Pero aquellos que lleguen con ella hasta su plano final descubrirán que tras la belleza del horror que hemos conocido se esconden dimensiones que no estábamos contemplando. Y que asustan todavía más.

A recordar: Da igual el tiempo que pase tras su visionado. Uno cierra los ojos y todavía se transporta a los neblinosos parajes de la película.

A olvidar: Su punto de partida, al menos antes de empezar a verla.

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