#SSIFF69 – Fue la Mano de Dios

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Paolo Sorrentino dejaba caer su película por Donosti.  Tras pasar por Venecia y obtener el gran Premio del jurado y el mejor actor emergente, el director italiano mostraba su película producida por Netflix en San Sebastian.

¿Qué decir de Paolo Sorrentino? ¿Con qué expectativas va un espectador a visionar una película de un director tan totémico y brillante? Con muchas, desde luego. Así es como iba un servidor al cine principal a enfrentarse a una de las obras imprescindibles del certamen.

La mano de Dios narra la historia de Fabietto (Filippo Scotti), un joven que vive en Nápoles junto a su familia. La película nos expone un retrato costumbrista sobre la sociedad napolitana y su obsesión con el futbol, en este caso, con el Nápoles. Es en este escenario donde el nombre de Diego Armando Maradona toma relevancia, a través de este icónico futbolista viviremos las experiencias de un joven que se enfrentará a un amor platónico, a su primera fiesta, a la muerte de sus padres, a su primer amor, a su primera experiencia sexual, entre muchas otras cosas. Una película, un viaje de vida. Una auténtica maravilla.

Sorrentino firma, bajo mi punto de vista, su mejor película hasta la fecha. La más personal, la más desgarradora, donde abunda la verdad y el ingenio, el talento de este director dotado para tocar teclas que nadie parece conocer.

La cinta podría diseccionarse en dos apartados. El primero retrata a la perfección una sociedad tan pintoresca y divertida como la napolitana. Este retrato se construye alrededor de la familia de Fabietto. Esta primera parte, resulta ser divertidísima. Unos gags brillantes, personajes hilarantes, situaciones grotescas e inverosímiles… un espectáculo. Hay un momento (en el que Maradona ficha por el Nápoles) que es, sin duda, uno de los momentos más desternillantes que yo recuerde recientemente. A carcajada limpia.

El segundo tramo de la película comienza cuando los padres de Fabietto mueren tras un terrible accidente. Al parecer, una bomba de butano falla mientras sus padres están en el interior de la vivienda. Mientras eso sucede, Fabietto, estaba viendo a Maradona en el – a día de hoy llamado- Diego Armando Maradona Stadium.  Es por ello que fue Diego quien le salvó. De ahí el título:  Me salvó la mano de dios.

Es en este segundo tramo de la película cuando realmente el filme toma una dimensión dramática y sustancial. Hay algo que nos conecta con ese joven, algo que nos une a esa impotencia. A lo injusto de la vida. Abunda la verdad. Si bien puede haber ciertos parecidos a los universos de Fellini, para mí esta película es Sorrentino en estado puro. Nunca nos habíamos acercado tanto a este director. Sonrisas y lágrimas. Felicidad y tristeza. Esta película abarca una amalgama tan profunda de sentimientos y reflexiones que es imposible no rendirse ante ella. Veo a un cineasta tan libre… arbitrario, pero al mismo tiempo concreto y preciso. Cada palabra. No me sobra ni un solo fotograma. Lo que veo dentro del encuadre es puro cine, en todo momento. El viaje de Fabietto es un viaje que me implica, me importa y me desgarra.

Veo a este joven, cabizbajo, en Nápoles mientras todos celebran el scudetto del Nápoles.

Contemplo imágenes de sufrimiento que, paradójicamente, se manifiestan con un lirismo abrumador. Y no hablo de belleza visual, hablo de verdad. De esta textura intangible que impregna cada imagen. Que está allí para quienes quieran (o puedan) verla.

Los llantos de Fabieto al no poder ver a sus padres me rompen el alma.

Esta película hace sentirme vivo.

Le da sentido a esta obsesión cinéfila.

Sorrentino, alcanza la excelencia de la forma más sincera posible… y sin pretenderlo.

Sí Maradona salvó a Sorrentino… te doy las gracias Diego.

Cuánto nos hubiéramos perdido de no ser por ti.

A recordar:  Los 130 minutos.

A olvidar: Absolutamente nada.

 

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